La primera vez que gané algo por escribir. Participé hace más de un año en un concurso de "Cine más Literatura" y llegué a la fase de premiación junto a otros 19 participantes. Lo más cercano ahora es participar en el concurso de novela corta 2018, Julio Ramon Ribeyro.
Dedicado para” la
chica del cerquillo”
Era uno de los últimos días del invierno limeño, en que las
rosas amanecen acurrucadas por el frío, las calles vacías regadas por la garúa
y la neblina que oculta las inmensas edificaciones, cuando la Dra. Aída
Fernández se dirigía a su consultorio ubicado en el hospital Almenara para
encontrarse con los que le devolvían las ganas de vivir: Sus pacientes. La Dra.
Aída entró a su consultorio, dejó su maleta en el suelo, abrió las ventanas y
observó el gran cielo gris. Cuando
de pronto, a lo lejos, observó una gran construcción – de columnas griegas que
resistían el paso del tiempo, dos cúpulas en la parte superior, un salón central
y el pórtico principal que daba a la calle
- que rápidamente le llamó la
atención. En ese momento, uno tras de otro, venían
los recuerdos de los mejores años de su vida. Allí, por ese pórtico principal,
pasaba de la mano de su madre. “Tu primer día de clases, si no te acompaño
hasta te podrías perder”, le decía ella. Y luego, recordó las primeras clases
en la universidad, rodeado de jóvenes de su edad, todos con los mismos sueños .Fue
en esas aulas, donde aprendió lo importante que era el amor hacia las personas.
Recordó los pequeños “paseos”, acompañados de sus amigos, a distintos hospitales que le enseñaron que lo
primero y lo más importante era el paciente. Recordaba los campeonatos
deportivos que se realizaban por la “Semana de la Medicina”, las fiestas en las
que terminaba vencida, extasiada y libre luego de pasar días tormentosos llenos
de exámenes y trabajos. También las
grandes competiciones, dentro y afuera de su centro de estudios, en todos los
deportes. Entonces recordó aquel día - 14 de octubre, en lo más profundo del
Jardín Botánico- cuando el amor se asomó a su vida, cerca de un árbol inmenso acompañado por el canto de los pájaros y el
aroma de las gardenias blancas , allí empezaría una alegría efímera que le duró
casi 5 años. En todo el tiempo que duró sus estudios, mil veces había pensado
en dejarlo todo, y otras mil veces tuvo fuerzas para continuar. “La primera vez
que me llamaron doctora, ese fue uno de
los días más felices de mi vida”. Recordó a los amigos que se quedaron en el
camino y a las personas que la acompañaron durante muchos años hasta el día de
su graduación.
Ahora, con sesenta abriles bajo el hombro, lleno de un gran
cabello blanco que reflejaba la sabiduría de una mujer recta, la Dra. Aida no
se sentía fatigada. El tiempo se había llevado
su sonrisa de antaño, la figura de su bello cuerpo, y le había llenado la cara de pliegues que le
perforaban la piel. Pero aún mantenía intacta su memoria, y junto a ella, los
recuerdos que la acompañaron hasta el último día de su vida.