viernes, 9 de febrero de 2018

Tradiciones

«Niña de los muchos novios,
que con ninguno te casas;
si te guardas para un rey
cuatro tiene la baraja».

"La gatita de Mari-Ramos que halaga con la cola y araña con las manos"
Tradiciones Peruanas- Ricardo Palma


jueves, 25 de enero de 2018

Cuento de las Mil Palabras-2018


EL VALOR DE LA VIDA

Al despertar, Florencio recordó que tan solo le quedaba un año más de vida. Las palabras del médico aún seguían resonando en su mente: “Lo siento, no hay nada más que podamos hacer”. Durante los últimos años que vivió en nuestro pueblo se había aislado completamente de todos y ahora la muerte podría ser el inicio de una felicidad distinta. ¿Estarías listo, Florencio?  A través de la ventana llegaba el sol radiante del verano y las calles estallaban con la alegría de los niños. La soledad de los últimos años lo había consumido por completo. Ahora, a sus 73 años y muy lejos de su verdadero hogar, le iba a ocurrir precisamente lo que había imaginado  durante años: Había llegado el momento de morir.

Muchos días después volví a ver a Florencio Agustín. Apareció de pronto, cerca de mi casa, en una de las calles  ubicadas en la entrada del pueblo. En un primer momento me fue difícil reconocerlo por su cabello prácticamente escaso, sus grandes ojos amarillos, su cuerpo magro y debilitado-  que atribuí al paso de los años- y su rostro repleto de arrugas que ya no expresaba la juventud de entonces.  Prácticamente todo en él era distinto. Caminaba hacia su casa con pasos cortos y por la dirección de su mirada pensé que venía buscando algo. Todavía recuerdo que desde el primer día que vino a vivir aquí- después de la muerte de Celia-, eligió para vivir una de las casas más antiguas del pueblo en donde vivieron los primeros sacerdotes que llegaron durante el siglo XVIII. De su vida privada, Lo único que sabíamos era que prefería permanecer muchas horas  en su casa junto a su biblioteca, la única herencia que recibió de sus abuelos, y que conservaba con recelo.
Los únicos recuerdos que Florencio conservaba intactos en su memoria- que también serían los mejores- no venían de sus momentos de la infancia, junto a su familia; ni tampoco de su despedida del gran colegio nacional Pedro Coronado por ser uno de los mejores maestros de historia que por allí pasaron, sino de sus momentos inolvidables con Celia, durante más de 30 años, en el norte del Perú,  en una casa rodeada de naranjos frente al río y donde el sol, intenso y sofocante, salía siempre a la misma hora y terminaba a altas horas de la tarde.
Lo que yo en verdad admiraba en él era que trajo a este pueblo -sin vida, dominado por la envidia y que estuvo a punto de desaparecer más por la falta de comprensión entre sus habitantes que por los problemas políticos- el gusto del amor por nuestra historia. Desde su llegada, el pueblo recobró la felicidad perdida durante mucho tiempo y  decidieron continuar con las antiguas costumbres que se iban perdiendo con el paso de los años: En la escuela los niños entonaban el himno con entusiasmo, las canciones populares se cantaban como nunca antes  y los fines de semana todos solían reunirse en la plaza principal para dialogar de nuestra historia y de sus héroes.
Días antes de su muerte, Florencio tuvo la idea de salir de su casa por última vez antes de encerrarse definitivamente a esperar el momento final.  Mientras caminaba de memoria por las calles aledañas del pueblo, triste, sin un rumbo fijo y pensando en cómo sería la vida si estuviera muerto, no sabía que aquí siempre sería recordado, porque su presencia en este pueblo, desde el día que llegó, significó tanto que hasta ahora, muchos años después de su muerte, todavía lo  recordamos durante las reuniones en la plaza principal y en los discursos del alcalde. De repente, algún día llegó  y desapareció de la misma manera, sin dejar un rastro a su paso. Para conmemorar el primer año de su muerte, el alcalde llamó a los mejores músicos de la ciudad, mandó a preparar las comidas típicas del pueblo y exigió que durante ese día todos lean parte de nuestra historia que se iba perdiendo a través de las generaciones.

Cuando llegó el día de su muerte, sintió que iba perdiendo las fuerzas de sus movimientos y  vomitó un líquido negro y maloliente. Intentó abotonarse la camisa y abrocharse el cinturón pero tuvo dificultades para hacerlo. Hizo un esfuerzo sobrehumano por ir a la cocina a comer algo pero fue inútil, su cuerpo rechazaba todo lo que comía. Al momento de sentarse en su mecedora se desplomó y sintió una nube de polvo que recorría las habitaciones. Al parecer ya nadie vivía en esa casa desde hace mucho tiempo. Mientras pasaban las horas crecía en él la angustia y la desesperación. “¿Acaso me moriré hoy? A veces los sabios galenos también se equivocan”, concluyó. Se dispuso a salir de su casa. Pensaba que su cuerpo no aguantaría más y que al primer intento colapsaría por completo. Con mucho esfuerzo logró caminar y llegó hasta la puerta. Sintió tanto miedo como no lo había sentido jamás en su vida. Después de pensar por largo rato, decidió tirar de la manija de la puerta. Mientras lo hacía, sintió que las piernas le temblaban. Abrió la puerta de un sacudón y se lanzó hacia afuera. Respiró un aire frío, liviano. Vio a lo lejos a un niño caminando de la mano de su madre. Quedó feliz al mirarlo. Recordó el hijo que soñó tener junto a Celia, durante los primeros años que vivieron juntos, que fue el mismo recuerdo que tuvo cuando el médico le dijo que su cuerpo estaba contaminado por el cáncer. Entonces se agarró de la pared y caminó despacio. Estaba cerca, tan cerca. ”Niño”, pensó que decía. Pero el niño no lo miró y siguió al lado de su madre. Avanzó más, y por un instante vio que la plaza principal estaba llena de gente, que las personas caminaban y nadie se daba cuenta de que él estaba en medio de todos implorando, llamando, hablándoles, pero era inútil: Ya estaba muerto.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Versos inolvidables.

Hay en el cementerio del Pere-Lachaise, en las cercanías de la fosa común, lejos del barrio elegante de la ciudad de los sepulcros, lejos de todas aquellas tumbas de fantasía, que despliegan en presencia de la eternidad las repugnantes modas de la muerte, en un rincón desierto, al pie de una antigua pared, bajo un gran tejo por el cual trepan las enredaderas, en medio de la grama y el musgo, una piedra. Esta piedra no está menos exenta que las demás de las lepras del tiempo, de la humedad, del liquen y del estiércol de los pájaros. El agua la verdece, y el aire la ennegrece. No está próxima a ningún sendero, y no es agradable andar por allí a causa de la altura de la hierba, y porque se mojan en seguida los pies. Cuando sale el sol, acuden allí las lagartijas. En primavera las currucas cantan en el árbol.
Esa piedra está desnuda. Al cortarla, únicamente se pensó en las necesidades de la tumba, y no se tomó otra precaución que la de hacer aquella piedra lo bastante larga y ancha como para cubrir a un hombre.
En ella no se lee nombre alguno.
Solamente, hace ya muchos años, una mano escribió con lápiz cuatro versos que poco a poco se fueron volviendo ilegibles bajo la lluvia y el polvo, y que probablemente hoy ya estarán borrados:

Duerme. Aunque la suerte no le fue propicia,Vivía.
Y murió cuando perdió su ángel.
La muerte le llegó sencillamente,
como llega la noche cuando se marcha el día.

"Los miserables" Víctor Hugo

miércoles, 1 de noviembre de 2017

La primera vez

La primera vez que gané algo por escribir. Participé hace más de un año en un concurso de "Cine más Literatura" y llegué a la fase de premiación junto a otros 19 participantes. Lo más cercano ahora es participar en el concurso de novela corta 2018, Julio Ramon Ribeyro. 


Dedicado para” la chica del cerquillo”

Era uno de los últimos días del invierno limeño, en que las rosas amanecen acurrucadas por el frío, las calles vacías regadas por la garúa y la neblina que oculta las inmensas edificaciones, cuando la Dra. Aída Fernández se dirigía a su consultorio ubicado en el hospital Almenara para encontrarse con los que le devolvían las ganas de vivir: Sus pacientes. La Dra. Aída entró a su consultorio, dejó su maleta en el suelo, abrió las ventanas y observó el gran cielo gris. Cuando de pronto, a lo lejos, observó una gran construcción – de columnas griegas que resistían el paso del tiempo, dos cúpulas en la parte superior, un salón central y el pórtico principal que daba a la calle  - que rápidamente  le llamó la atención. En ese momento, uno tras de otro, venían los recuerdos de los mejores años de su vida. Allí, por ese pórtico principal, pasaba de la mano de su madre. “Tu primer día de clases, si no te acompaño hasta te podrías perder”, le decía ella. Y luego, recordó las primeras clases en la universidad, rodeado de jóvenes de su edad, todos con los mismos sueños .Fue en esas aulas, donde aprendió lo importante que era el amor hacia las personas. Recordó los pequeños “paseos”, acompañados de sus amigos, a  distintos hospitales que le enseñaron que lo primero y lo más importante era el paciente. Recordaba los campeonatos deportivos que se realizaban por la “Semana de la Medicina”, las fiestas en las que terminaba vencida, extasiada y libre luego de pasar días tormentosos llenos de exámenes y trabajos. También  las grandes competiciones, dentro y afuera de su centro de estudios, en todos los deportes. Entonces recordó aquel día - 14 de octubre, en lo más profundo del Jardín Botánico- cuando el amor se asomó a su vida, cerca de un árbol inmenso  acompañado por el canto de los pájaros y el aroma de las gardenias blancas , allí empezaría una alegría efímera que le duró casi 5 años. En todo el tiempo que duró sus estudios, mil veces había pensado en dejarlo todo, y otras mil veces tuvo fuerzas para continuar. “La primera vez que me llamaron doctora,  ese fue uno de los días más felices de mi vida”. Recordó a los amigos que se quedaron en el camino y a las personas que la acompañaron durante muchos años hasta el día de su graduación.

Ahora, con sesenta abriles bajo el hombro, lleno de un gran cabello blanco que reflejaba la sabiduría de una mujer recta, la Dra. Aida no se sentía fatigada.  El tiempo se había llevado su sonrisa de antaño, la figura de su bello cuerpo,  y le había llenado la cara de pliegues que le perforaban la piel. Pero aún mantenía intacta su memoria, y junto a ella, los recuerdos que la acompañaron hasta el último día de su vida.

martes, 12 de septiembre de 2017

Nadie nunca lo sabrá

¿Y Queca? Si Bob hubiera conocido su historia tal vez su vida habría cambiado o tal vez no, eso nadie lo sabe. Billy Mulligan la llevó a su país, como estaba convenido, a un pueblo de kentucky donde su padre había montado un negocio de carnes de cerdo enlatada. Pasaron unos meses de infinita felicidad, en esa linda casa con amplia calzada, verja jardín y todos los aparatos eléctricos inventados por la industria humana, una casa como había en cien mil pueblos de ese país.Hasta que a Billy le fue saliendo el irlandés que disimulaba su educación puritana, al mismo tiempo que los ojos de Queca se agrandaron y adquirieron una tristeza limeña. Billy fue llegando cada vez más tarde, se aficionó a las máquinas tragamonedas y a las carreras de auto, sus pies le crecieron más y se llenaron de callos, se enredó con una empleada de la fábrica, chocó dos veces el carro, su mirada se volvió fija y aguachenta y terminó por darle de puñetazos a su mujer, a la linda, la inolvidable Queca, en la madrugada de los domingos, mientras sonreía estúpidamente y la llamaba chola de mierda.
"Alienación"-Julio Ramón Ribeyro.

domingo, 11 de junio de 2017

¿Urania?

Urania. No le habían hecho un favor sus padres; su nombre daba la idea de un planeta, de un mineral, de todo, salvo de la mujer espigada de rasgos finos, tez bruñida y grandes ojos oscuros, algo tristes, que le devolvía el espejo.¡Urania! Vaya ocurrencia, felizmente ya nadie la llamaba así, sino Uri, Miss Cabral, Mrs Cabral o doctor Cabral. Que ella recordara, desde que salió de Santo Domingo ( mejor dicho, de ciudad Trujillo), ni en Adrian, ni en Boston , ni en Washington D.C. ni en New York, nadie había vuelto a llamarla Urania, como antes en su casa y en el colegio Santo Domingo, donde las sisters y sus compañeras pronunciaban correctisimamente el disparatado nombre que le infligieron al nacer. ¿ Se le ocurriría a él, a ella? Tarde para averiguarlo, muchacha; tu madre estaba en el cielo y tu padre muerto en vida. Nunca lo sabrás. ¡Urania! Tan absurdo como afrentar a la antigua Santo Domingo de Guzmán llamándola ciudad Trujillo.¿Será también su padre el de la idea?

Mario Vargas Llosa "La fiesta del Chivo"

sábado, 27 de mayo de 2017

El mejor viaje de la historia

Así ,pues, la apuesta estaba ganada, haciendo Phileas Fogg su viaje alrededor del mundo en 80 días. Había empleado para ello todos los medios de transporte, vapores, ferrocarriles, coches, veleros, buques mercantes, trineos,elefantes. El excéntrico caballero había desplegado en este negocio sus maravillosas cualidades de serenidad y exactitud. Pero, ¿Qué había ganado con esta excursión? ¿Qué había traído de su viaje?
Nada ,se dirá.Nada, enhorabuena, a no ser por una linda mujer, que , por inverosímil que parezca, le hizo el más feliz de los hombres.
Y en verdad, ¿no se daría por menos que eso la vuelta al mundo?

"Todo lo que una persona puede imaginar, otros pueden hacerlo realidad"
Julio Verne

lunes, 13 de marzo de 2017

A CASINHA DA COLINA

Cuyo origen es todo un misterio. Esta canción aparece mencionada en "Mi planta de naranja-lima"


A CASINHA DA COLINA

Tú sabes de dónde vengo, 
De una casita que tengo; 

Queda allá junto a un huerto... 
Es una casa chiquita, 
En lo alto de una colina 
Y se ve el mar a lo lejos... 

Entre las palmeras altas 
Cantan todas las cigarras 

Al volverse de oro el sol. 
Cerca se ve el horizonte. 
En el jardín canta una fuente 
Y en la fuente un ruiseñor... 

domingo, 12 de febrero de 2017

EL NACIMIENTO DE MACONDO : "La Hojarasca"


De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos: Rastros de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte. En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de numerosas catástrofes anteriores a ella misma, esparció en las calles su confusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose hasta convertir lo que fue un callejón con un río en un extremo y un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho  con los desperdicios de los otros pueblos.
…
Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez, pero no contábamos con su ímpetu. Así que cuando sentimos llegar la avalancha lo único que pudimos hacer fue poner el plato con el tenedor y el cuchillo detrás de la puerta y sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los recién llegados. Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a recibirlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió el natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra.


Macondo, 1909


sábado, 21 de enero de 2017

El Inicio

Capítulo 73: RAYUELA

Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias pegajosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos. Entonces es mejor pactar como los gatos y los musgos, trabar amistad inmediata con las porteras de roncas voces, con las criaturas pálidas y sufrientes que acechan en las ventanas jugando con una rama seca. Ardiendo así sin tregua, soportando la quemadura central que avanza como la madurez paulatina en el fruto, ser el pulso de una hoguera en esta maraña de piedra interminable, caminar por las noches de nuestra vida con la obediencia de la sangre en su circuito ciego.

Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos. Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura? Rebelión, conformismo, angustia, alimentos terrestres, todas las dicotomías: el Yin y el Yang, la contemplación o la Tatigkeit, avena arrollada o perdices faisandées, Lascaux o Mathieu, qué hamaca de palabras, qué dialéctica de bolsillo con tormentas en piyama y cataclismos de living room.

EL MITO DEL MINOTAURO


El poderoso Rey Minos gobernaba la isla de Creta, y cada año el Dios Poseidón le pedía que sacrifique a uno de sus mejores becerros en honor a él. En cierta ocasión Minos no cumplió y Poseidón enfureció y decidió castigar a su esposa Pasifae. Ella empezó a sentir deseo sexual por un toro y así fue como nació un ser deforme con rasgos humanos que fue llamado “El Minotauro”, que tenía cuerpo de hombre, cabeza de toro y se alimentaba de carne humana. Después de eso, el rey Minos ordenó al gran arquitecto Dédalo construir un gran laberinto, donde sería llevado el Minotauro para que permanezca alejado de las personas. El laberinto estaba debajo de la tierra y era tan grande y complicado por la cantidad de pasadizos que los que entraban allí no podían salir jamás.
Androgeo-el otro hijo del rey Minos- fue asesinado en Atenas. El Rey Cretense al enterarse de la trágica noticia decidió ir hasta Atenas y ambas ciudades firmaron la paz, pero el rey Minos les puso una condición: Atenas tenía que mandar cada año a 7 jóvenes y 7 hermosas doncellas hasta Creta para alimentar al Minotauro.
Un día llegó el turno del hijo del Rey Ateniense, Teseo, y tendría que ir a Creta a servir de alimento al Minotauro, pero él decidió salvar a su pueblo y junto a sus otros compañeros ideó un plan para por fin salvar a Atenas de semejante Maldición.
Cuando Teseo y sus compañeros llegaron a Creta, fueron recluidos en una prisión antes de ser llevados al laberinto del Minotauro, allí fue donde Teseo conoció a la hija del Rey Minos (Ariadna). Ella le dio un gran ovillo de hilo y le dijo que tendría que atarlo a la entrada del laberinto y mientras avanzaba tenía que dejar el hilo en el suelo y caminar hasta el centro donde estaba el Minotauro-esa era la única forma de entrar y salir del laberinto- y en caso de que salga con vida, la salve y se la lleve a ella también. 
La historia es conocida, Teseo derrotó al Minotauro y logró escapar.

El Minotauro representa la parte “animal del hombre” formada por sus deseos más oscuros, los vicios, etc. Es esa parte mala que tienen todos los hombres y que a veces emana de su ser. Muchos creen que el laberinto en verdad existió, y que el mito del Minotauro sirvió para que las personas se guíen por el camino de la razón.

*El Mito del Minotauro inspiró a Jorge Luis Borges para escribir su cuento " La casa de Asterion", aquí la parte final:

 -¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo- El minotauro apenas se defendió. 



Día 1

30 DE JULIO DEL 2019 Y por fin decidí hablarte, ¿amor? los días habían pasado, sí, eran difíciles sobre todo desde la primera vez que te vi...